Opinión
Linda D’Ambrosio: Pasado de moda
Recuerdo haber escuchado, en una de sus homilías, la historia de una mujer que se acusaba semana tras semana de haber faltado al octavo mandamiento
1 de abril de 2025
Opinión.- Uno de los personajes que marcaron mi infancia fue un sacerdote, Carlo Galeazzi, párroco de la iglesia de San Rafael y, por ende, mi vecino más próximo, ya que crecí en una casa rosada que se erguía apenas a unos metros de la entrada lateral de ese templo.

Recuerdo haber escuchado, en una de sus homilías, la historia de una mujer que se acusaba semana tras semana de haber faltado al octavo mandamiento. El confesor le confería la absolución una y otra vez hasta que, convencido de que la dama carecía del más elemental propósito de enmienda, y de que se concedía licencia para hablar a troche y moche de los demás confiando en que la confesión la relevaría de la culpa, decidió imponerle la siguiente penitencia: debía recorrer las calles de Roma (ciudad en la que acontecía la historia) con un almohadón, dispersando al viento las plumas del relleno.

La dama en cuestión cumplió con la penitencia, pero al cabo de pocas semanas volvió a presentarse en el templo y a confesar que de nuevo había estado chismorreando. Entonces, el confesor le indicó que esta vez la penitencia consistiría en recolectar las plumas que había dispersado. A continuación, y como respuesta al estupor de la mujer, el confesor explicó que, así como no era posible recoger las plumas, tampoco era posible recoger nuestras palabras que, una vez proferidas, no sabemos a oídos de quién llegan, ni cuánto pueden dañar a una persona.

Y a ese punto quería llegar: a señalar cómo se puede dañar la reputación de alguien mediante las palabras, deliberadamente o no. Y de la reputación dependen las relaciones del “acusado” con el mundo. Desde un matrimonio hasta un trabajo, los vínculos de una persona con su entorno se ven afectados por la forma es que es percibida.

La maledicencia afecta a las personas de una manera tan contundente que la difamación, tanto en su modalidad escrita, la calumnia, como en su modalidad verbal, la injuria, está considerada un delito.

Algunas categorías han caído en desuso. La palabra afrenta, por ejemplo, “vergüenza y deshonor que resulta de algún dicho o hecho” suena decimonónica y hasta cursi.

En este tiempo de consagraciones efímeras, en los que la reputación de un personaje rueda con la misma velocidad con la que antes ascendió, todo se olvida rápidamente, lo bueno y lo malo. Y ello redunda en que parezca menos grave el hecho de verter una acusación sobre la cabeza de cualquiera o de exponerlo al escarnio. Total, en dos días dejará de ser noticia y, como afirmaba Salvador Dalí, lo importante es estar en la palestra: “Que hablen bien o mal. Lo importante es que hablen de mí. Aunque confieso que me gusta que hablen mal, porque eso significa que las cosas me van muy bien. De los mediocres no habla nadie, y cuando hablan sólo dicen maravillas”. Efectivamente: en muchos casos, la maledicencia se nutre de la envidia, que trata de restar peso a los méritos de otros.

En nuestra laxa moral de hoy en día, parece que, siendo la verdad absolutamente relativa, producto de nuestro pensamiento y nuestra interpretación de los hechos, es imposible que infrinjamos daño moral a nadie: todo se reduce a lo que unos u otros elijan creer, lo cual no viene más que a consolidar la idea de que nadie es responsable del malestar de nadie. Así pues, da lo mismo lo que digamos de otros: todo se olvidará en unos días.

Distorsionar la realidad, otorgándole un peso desproporcionado a los hechos, ridiculizar a una persona, revelar información confidencial o desacreditar deliberadamente a alguien para quitarlo del medio, son actos incontestablemente punibles.

linda.dambrosiom@gmail.com
Linda D’Ambrosio

Sigue la información minuto a minuto en nuestro Telegram Instagram Facebook Twitter ¡La noticia en tus manos!
VÍA Equipo de Redacción Notitarde
FUENTE Linda D’Ambrosio