Crónica Criminal del Pasado: Maracay 1982, la muerte de "La Catira"
El “paseo” de la muchacha a Maracay la llevó a transitar el mundo del licor, las drogas y el sexo promiscuo
Sucesos.- La vida de María Griselda cambió para siempre aquel día que vio a su mejor amiga, Mercedes, llegar al Tinaco en un carrote nuevecito con un par de chicos. Era un día de Semana Santa, aprovechado por Mercedes para volver a su pueblo natal, desde que se había ido a hacer su vida independiente a Maracay.
Para la Maria Griselda, la invitación que le hizo Mercedes, de ir a pasear a Maracay, fue irresistible. También fue el inicio de su perdición. En el “paseo” la muchacha empezó a transitar el mundo del licor, las drogas y el sexo promiscuo.
María Griselda se mudó a Maracay y se pintó el cabello, de allí que sus nuevas amistades la empezaron a conocer como “La Catira”. En la capital aragüeña siguió con una vida como la de su amiga, con vicios y malas compañías. Malandros, drogas y sexo serán su modo de vida.
Un cierto día conoce al “Maracucho”: César Antonio. El chico no era un marginal. Su madre tenía una peluquería que atendía todo el día, y su padre, un marino mercante, venía cada cierto tiempo, pero vivían en un ambiente de violencia familiar. César estudió hasta cuarto grado y un día su papá se lo llevó para que “se hiciera hombre” en el ambiente de los hombres de mar. Allí el chico convivió con la marinería y aprendió desde pequeño lo que eran el juego, las borracheras, los burdeles y recibió toda clase de malas influencias, en una adolescencia sin ningún freno moral. Esto lo llevó a cometer sus primeros delitos, robo y violación que lo llevaron a purgar una pena de dos años en la Penitenciaría General de Venezuela en San Juan de los Morros.
Al salir en libertad vivía con su madre en Maracay, y se dedicó al tráfico de drogas, que traía desde Cúcuta, lo que lo llevó nuevamente un tiempo a la cárcel. Al salir, nuevamente se dedicó al tráfico y se divertía en orgías con jóvenes de su medio.
La noche del viernes 15 de octubre de 1982 fue cuando se conocieron nuestros dos personajes. En la residencia de la madre del Maracucho, un apartamento del Bloque 2, Sector 4 de Caña de Azúcar y aprovechando que la señora no estaba, se reúnen el Maracucho, el Cumbia, el Bibi y el Hugo, quienes invitaron a La Catira para una bacanal de desenfreno con música en alto volumen.
Después de consumir abundantes dosis de marihuana La Catira y el Maracucho se van a una habitación, donde discuten completamente drogados. En medio de una melancolía que los embarga deciden jugar a la “ruleta rusa”. El primer disparo no detona. Luego la Catira le dice al Maracucho.
-Dale, yo soy la propia, soy la mascachicle, las balas no me hacen nada.
El chico le apunta con un revolver Smith & Wesson 38 y acciona el gatillo. Suena el estampido y la bala atraviesa el pecho de la chica y la mata en el acto.
Pocos días después la PTJ atiende una llamada sobre el hallazgo de un cuerpo cercenado y en estado de descomposición. Al hacerse la necrodactilia el resultado da que se trata de María Griselda, 18 años, natural del Tinaco. La noticia del hallazgo del cuerpo desmembrado de una joven conmueve a todo Maracay.
Se inician las arduas investigaciones. La familia de la occisa informa sobre la amiga que se llevó a la muchacha del pueblo, la tal Mercedes. A los días los investigadores la ubican en Parque Central, en Caracas. La testigo confirma haber visto a la víctima, unos 20 días atrás, en un paseo con sus “panas” en las playas de Ocumare, información que fue confirmada.
Pensando en la hipótesis de un móvil de deuda de drogas, los detectives de la PTJ comenzaron a detener e interrogar a los consumidores y traficantes conocidos. Uno de los drogadictos detenidos, un tal Frías, testifica haber visto a la Catira, una de sus amistades de drogas, el jueves 14.
En las pesquisas se interroga a docenas de vecinos de Caña de Azúcar y diversas partes de Maracay. Una testigo señala que en el apartamento frente al suyo el viernes por la noche escuchó música a gran volumen, risas, groserías y finalmente una detonación que cayó todo.
Sospechando que el drogadicto Frías no decía todo lo que sabía, los detectives volvieron a interrogarlo. Un par de cachetadas y unos gritos fueron suficientes para que el testigo adicionara que había visto a la muchacha el viernes, con el Maracucho, ambos consumiendo drogas.
Pero todavía la declaración de Frías no convencía, así que los detectives de homicidios “presionaron” un poco más al testigo que, entre sollozos, por fin cantó; -El Maracucho me pidió que lo ayudara a deshacerse de alguien que mató accidentalmente. Si no lo ayudaba dijo que me iba a matar a mi también.
Ubicado el apartamento se procedió al allanamiento y a levantar las experticias técnicas en presencia del juez de instrucción y el fiscal del ministerio público. Durante la noche se hizo un barrido con “luminol”, una sustancia que en la oscuridad brilla ante la presencia de cualquier resto biológico, especialmente sangre. En la habitación principal, una contigua y en el baño todo brillaba. Aquello antes de ser lavado estuvo lleno de sangre. Ese era el lugar del crimen.
Entre otras pruebas se colectaron evidencias de huellas dactilares, de drogas, material pornográfico, etc. Confrontado con esta nueva evidencia, Frías confesó haber estado en el momento del homicidio, pero en la sala, dormido por el efecto de la marihuana y que se despertó con la detonación.
Por medio de los apodos se pudo identificar al Bibi, al Cumbia y fueron capturados. A su vez, estos declararon e implicaron a otras dos personas: Hugo y Montiel, ambos con antecedentes. Todos dijeron que tenían miedo del Maracucho, porque era un tipo muy peligroso y violento.
El único que faltaba era el autor material. Pasaron varios días con allanamientos y diligencias hasta que el peligroso hombre fue ubicado en un hotelucho de la avenida Universidad de Caracas. Cuando le tumbaron la puerta y el criminal se vio encañonado por dos enormes revólveres Colt Diamondback se puso pálido y levantó las manos. Se le pasó lo bravo que decían que era.
Poco después se hizo con el indiciado, el juez y el fiscal la reconstrucción del hecho. Hubo momentos de tensión porque una poblada trató de linchar al asesino, que se salvó de milagro, para ir a pagar su crimen en la cárcel.
El equipo de sagaces investigadores que resolvió este difícil caso fue premiado ese año con el “Cangrejo de Oro”, máxima distinción con que se honra a los detectives venezolanos.